viernes, 7 de agosto de 2009

Santiago: El crujir de nuestros sueños añejados.


Un no tan frio día del dos mil nueve, me senté en otra banca. Cabizbaja, argumentando con mi coherencia; si era correcto o no pensar en todo aquello. En el montonal de historias que cubrían ese pequeño parque, rebusque un manojo de hojas secas. Hojas secas que hacían formas nebulosas en el piso. El canturreo de las aves y cuervos en la copa de los arboles me estremecían, me obligaban a recordar cuando me picotearon la cara y tu no pudiste más que reírte a carcajadas. Y a carcajadas termine yo también, riéndome y tirándome al piso por la ironía de la sutil elección de esos pajarracos. Indiferentes, incoherentes y simplones. Siempre fuimos así, así de inmaduros. Jugueteábamos con la incongruencia de nuestros actos, tu siempre tan perspicaz, astuto y tajante. Yo siempre fui muy niña y te encantaba jugar con eso. Te aprovechabas que me encantaba como terminabas oliendo a cigarrillos baratos, después de fundir nuestros cuerpos. Peinabas mi rebelde flequillo porque simplemente te gustaba hacerlo. Nunca fui de ideas concretas, siempre alternaba ideas predeterminadas en mi cerebro; para luego intentar implantártelas a como diera lugar. Pero me dabas tan fuerte la contraria, que no tenía sentido alguno seguir luchando contra la corriente. Y te burlabas que cediera tan rápido con tus varoniles ademanes y tu acento de francés corriente. Nos burlábamos de las diferentes manías de la gente, de sus fetiches y costumbres alejadas. Esas extrañas costumbres que también nosotros seguíamos. Cuando por ejemplo, vertíamos los dos últimos tragos de nuestras tazas de café porque te decía que sabía a jarabe para la tos. Y aunque fuera un simple invento mío para tener una rutina diferente, te la tragabas enterita.
Recuerdo vagamente cuando me leías antes de dormir, esa novela barata de suspenso que te habían regalado en un intercambio. Claro que recordare toda mi vida, cuando te quería leer mis novelas cursis pero te negabas rotundamente, porque me alegabas que era para leérselas a las chicas. Pero por eso siempre recordaba tirarte de lo más alto de la colina, y me tirabas junto contigo y rodábamos colina abajo riéndonos, comiéndonos a risotadas. Y con la cara oliendo a cigarrillo te me acercabas para besarme sin aviso previo. Tomabas mi cuello, hundías tus dedos por mi pelo y acariciabas mis sienes. Impedías que salieran más palabras, un mismo aliento iba y venía por nuestras bocas. Nuestros labios se superponían uno sobre otro y viceversa. Escuchaba las risitas de las hojas por las cosquillas que les hacia el viento. Al mismo tiempo sentía un tibio tejido blando que acariciaba mis labios, y apenas si tocaba mis dientes. Mordisqueabas mi labio superior mientras sentía como la piel se me erizaba. Aunque siempre el morbo de la gente nos separaba sin aviso alguno.
Caminábamos y caminábamos, dando vueltas, girando por un mismo circulo. Nunca encontrábamos que hacer, bajo el manto frio que hacia caricias violentas a nuestros rostros. Y siempre tapabas con cinta adhesiva los hoyuelos que tenían mis zapatillas. Ya que yo he tenido la maña de toda la vida, de brincar sobre charquitos de agua estancada. Aunque al final del día los fluidos de mi nariz se escurrieran, siempre después los limpiabas con lo que sobraba de tu manga izquierda.
Me prendías un cigarrillo de los que siempre me han gustado, y aun con el olor a tabaco entre los dedos; me besabas la palma de la mano. El gorgoteo del café hirviendo siempre nos despertaba de nuestras concurridas fantasías de viajar por todo el mundo. De conocer Berlín en un abrir y cerrar de ojos, para despertarnos en Paris y desdibujar con mis manos tu cuerpo en Viena. Me emocionaba hacer planes ficticios sobre nuestro futuro, el pensar en viajar y charlar horas en un riachuelo alejado de la civilización. Me alteraba el sistema nervioso pensar que podíamos crear universos paralelos para el otro, un universo de charlas amenas, frutos de la paciencia, olor a ron añejo, las manchas de vino tinto y cafeína que le daban ese toque especial a tus pantalones caqui. Mi vestido floreado que te encantaba vérmelo poner. Mis uñas con esmalte rojo, mal pintadas. Porque tu insistías en que podías pintarlas aunque estuvieras bajo la influencia del alcohol más económico de la colonia. Tu enmarañado cabello que bailoteaba con el viento que soplaba en los rascacielos de nuestra ciudad. El olor a mar que se quedaba en tus camisas de botones, después de haber hecho un sabroso picnic en la playa. Mi gato que jugueteaba con los cordones tus botas de charol. El dulce sabor del té de manzanilla que preparabas cuando se me agolpaba la culpa en la nariz. El ronroneo que emitías cuando me ponía esa falda negra. El olor a gas cuando no sabias prender la estufa. Mis constantes chistes malos sobre el feminismo. Tus contraataques con chistes de humor negro. El suave sillón en el que dormitábamos por las tardes. El golpe sordo de la realidad. Las bancas mojadas en el invierno. El crujido de las hojas en otoño. Nuestro amargo adiós en verano. Y una chirriante nueva banca para mi vida. Pero todavía me miras a través de las hojas de nuestro parquecito.

1 comentario:

Check Out Company dijo...

...Si la nostalgia hablara. Si los recuerdos tuvieran voz propia, y, no aquella que deseamos darle. Si los lapsos de tiempo que coleccionamos, como piececillas de un interminable rompecabezas, guardaran las esencias, las sensaciones, los sabores y las millones de reacciones, que cada uno provocó, con el afán de colocarse, minuciosamente, en el camino polvoriento de nuestra vida. Entonces los recuerdos... simplemente no lo serían.

Que gran escrito, Prima de mi corazón.


Atto.

...HALE Pride!!!